SANTA BRIGIDA - NUESTRA VILLA

GEOGRAFIA

La villa de Santa Brígida es un municipio español perteneciente a la provincia de Las Palmas, en la isla de Gran Canaria (Canarias).

Geográficamente, Santa Brígida presenta una forma rectangular y se sitúa en el sector noreste de las medianías de Gran Canaria. Tiene una extensión de 23,81 km² y una población de 18.919 habitantes (Instituto Nacional de Estadística, enero de 2007). La altitud de la cabecera municipal es de 520 metros sobre el nivel del mar. Su ubicación y altura (nunca superior a los 900 metros) propician temperaturas suaves y precipitaciones moderadas. Como consecuencia de una etapa volcánica reciente, en el municipio se formaron amplios espacios cubiertos de picón o lapilli; como ejemplo más representativo de dicha etapa se encuentra la Caldera de Bandama, caldera de explosión de un kilómetro de diámetro y 220 metros de profundidad.

EL PUEBLO QUE SURGIO DEL BOSQUE

Cuna de batallas y leyendas, antiguo bosque de palmeras y lentiscos, paisaje de volcanes adormecidos y barrancos, como el Guiniguada, cuyo hilo de vida definió su pequeño territorio, como antes su vida, su riqueza y su razón de ser. Así es Santa Brígida, una hermosa villa, mezcla de pasado agrícola y presente residencial, que se asoma al nuevo milenio humilde y orgullosa de su glorioso ayer y de sus cinco siglos de historia.

Su nombre aborigen era Satautey ("gran palmeral" o "poblado de palmeras"), una referencia a las numerosas palmeras que crecen en los barrancos de la población. Fundada a raíz de la conquista de la isla a finales del S.XV y a principio del S.XVI, fue edificada al borde de un impresionante barranco presidiendo una maravillosa vista sobre la ancha y fértil vega que ascendía hacia el centro de la isla.
En pleno Renacimiento, Santa Brígida se convirtió en un lugar atractivo para los nuevos pobladores, algunos conquistadores y otras gentes llegadas a la isla en los años inmediatos a la conquista, agraciadas con el reparto de tierras y el agua abundante que cruzaba este territorio cubierto por entero de bosque, donde pastaban los nutridos rebaños de las tribus aborígenes.

En pocos años, los nuevos hacendados andaluces y castellanos convirtieron a Santa Brígida "en un auténtico vergel, a golpes de hacha y surcos de arado", en palabras del historiador canario Antonio Rumeu de Armas. La agricultura alteró de raíz aquel agreste paisaje de palmeras y lentiscos y en los sotos y calveros del umbroso bosque florecieron los cereales, las viñas y aquel azúcar de caña, que esperaban con ansias los confiteros sevillanos para enviarlos a las despensas de América y Europa.

La primitiva iglesia, fundada por don Francisco de Maluenda e Isabel Guerra, se abrió al culto en 1525, siendo su primer capellán Pedro Sitronela. El casco sirvió de asiento a las clases más acomodadas (descendientes de conquistadores), propietarios de la tierra, clérigos y comerciantes, así como otros personajes notables que fueron dándole empaque e importancia a la villa. La naciente vega empezaba a crecer en extensión y en almas, configurando lentamente, pero de manera progresiva, su rostro más amable y rural.

El patronazgo del pueblo pertenece a la imagen de Santa Brígida desde la apertura de la iglesia en 1525, una santa del norte de Europa, no se sabe si irlandesa o sueca. Posiblemente, la devoción de esta santa fue introducida por las familias irlandesas, que en esos años se refugiaron en Gran Canaria huyendo de la persecución religiosa de la Reina Isabel I de Inglaterra.

También esta villa se honra en poseer el título de invicta, pues fue escenario de la batalla librada en Monte Lentiscal, donde unos 500 milicianos canarios, mandados por el Gobernador Pamochamoso, pudieron vencer y poner en retirada a una formidable tropa holandesa compuesta por 73 grandes navíos y 6.000 hombres entre marineros y soldados que, protegidos por cascos y rutilantes armaduras, irrumpieron sin miramientos en este pequeño paraíso en busca de las riquezas que habían sido evacuadas de la ciudad hasta La Vega en previsión de su derrota. . El combate fue tan aguerrido que los holandeses huyeron despavoridos para caer desplomados muchos de ellos por los riscos. En su huida saquearon y prendieron fuego a la ciudad de Las Palmas. De dicho episodio queda fe en el escudo heráldico de la villa, que lleva la leyenda:"Por España y por la Fé, vencimos al holandés”

UN PASEO POR EL CASCO ANTIGUO

La figura señera de la torre de la iglesia sobresale, resplandece su oscura y cuadrada silueta sobre el casco antiguo donde se agrupa una treintena de viviendas antiguas, de dos alturas la mayoría, con cubiertas de tejas, carpintería, pequeños balcones de madera, de hierro fundido y cantería que hoy quiere recuperarse tras una etapa de decadencia, favorecida por las alteraciones sufridas en los inmuebles de más edad, la llegada de la era del automóvil y la ausencia de una memoria colectiva.

De momento, un estudio para la protección de la edificación del casco histórico de Santa Brígida (Pepri), realizado en 1998, pretende garantizar su mantenimiento en el tiempo al controlar toda actuación urbanística que se desarrolle en este recinto que atesora el escaso patrimonio que la historia nos ha legado.

El casco antiguo ya no añora hoy, la quietud y el sosiego que tuvo años atrás, usurpado posteriormente por los automóviles que cada día lo cruzaban, camino de otras vías. La peatonización de sus calles fué la solución más certera para recuperar ese sello de pueblo cultural, abierto, acogedor, turístico y tranquilo. Y es que, el centro neurálgico del pueblo ha crecido desde mediados del siglo XX de un modo desmesurado, hasta el punto de que al casco histórico antecede ahora una auténtica ciudad moderna, con edificios de cuatro plantas, que poco tiene que ver con la antigua tipología de aquel pueblo campesino que creció junto a la iglesia.